Descanse en paz Dr. Freud


La mayoría de las personas del mundo reconocen a Sigmund Freud como el padre de las intervenciones terapéuticas con bases psicológicas… pero resulta que la mayoría de las personas del mundo están equivocadas.

Desde los tiempos de la prehistoria, los cavernícolas curiosamente asociaron las conductas “extrañas” con la parte superior del cuerpo del homo sapiens; muchos restos humanos estudiados por antropólogos, tenían una especie de “agujeros” realizados meticulosamente en sus cráneos que parecían tener la finalidad “terapéutica” de extraer lo que estuviera mal en la cabeza de los pacientes, que los hacía comportarse de forma extraña.

Lo curioso es que dichos cadáveres mostraban signos de cicatrización en las heridas, por lo que al parecer los individuos sobrevivían a estas intervenciones… descalabrados, pero vivos.

Es sin duda un interesante misterio el cómo fue que los primeros habitantes de nuestro planeta supusieron que el origen de la conducta “trastornada” se encontraba en la cabeza y no en cualquier otra parte de nuestro cuerpo; pero es verdad que la cultura occidental ha mantenido dicha filosofía hasta nuestros días.

Ahora, de lo que estamos seguros, es que dichos tratamientos eran enormemente efectivos. Suponemos que después de haber recibido un golpe en la cabeza que les rompiera el cráneo, la mayoría de la gente dejaba “milagrosamente” de comportarse de manera extraña y pasaba de pronto a ser “tal como los demás” en su manera de expresarse y comportarse, a menos que estuviera dispuesto a recibir otra dosis terapéutica.

Así, la intervención psicológica ha pasado por sus altas y sus bajas a través de la pequeña historia de nuestra existencia como especie. Las personas con padecimientos mentales, o simplemente los que tenían la mala suerte de no ser como “la mayoría” de su tiempo (homosexuales, gitanos, judíos, mujeres) han sido tratados con altísimas dosis de crueldad e incomprensión por muchas no tan civilizadas civilizaciones, aunque también habría que resaltar sus muy honorables excepciones.

Entre las “altas” de nuestra historia terapéutica, sin duda tendríamos que destacar a los griegos, los cuales a través de su mitología nos mostraron la gran experiencia y conocimiento que tenían de las emociones, pasiones, virtudes y defectos humanos, así como algunos de sus destacados filósofos, que describieron las primeras teorías de la personalidad. Para encontrar más “altas”, tendríamos que dar un salto cuántico hasta la época del renacimiento, para volver a encontrar verdaderos esfuerzos por tratar dignamente a las personas diferentes, en lugar de incinerarlas o encerrarlas en zoológicos humanos para entretenimiento de las clases dominantes.

Entre las “bajas”, habría que destacar los diferentes “tratamientos”, más cercanos a las torturas o la condena misma de muerte, que a través de los años fueron impuestos a los incomprendidos, enfermos o distintos; los cuales entendidos como “brujas”, “poseídos”, “apestados”, “herejes”, “perversos”, etc. eran quemados, torturados, golpeados, ahogados, drogados, lobotomizados, castrados, y demás… con la intención de que no resulten una molestia para los ciudadanos decentes.

Podríamos pensar que todo cambió después de Freud (D.F.), pero la realidad es que antes de Freud (A.F) los pacientes psiquiátricos eran ya tratados de formas mucho más dignas, sin embargo sólo las drogas tenían algún efecto modificatorio en cuanto a la sintomatología de los enfermos.

El aporte de Freud consistió en una revolucionaria técnica insospechada para la mayoría de la época: hablar con ellos.

Es de ésta manera que el paradigma de “Talking cure” (“la cura a través de la palabra”) se convirtió en el pilar esencia, y la más clara de las similitudes entre todas las intervenciones psicológicas de la época, sin embargo no necesariamente hasta el día de hoy.

El nombre de Sigmund Freud tuvo, y tiene, tanto peso, que cualquier disidencia de su palabra era tomada como “herejía científica” y condenada al exilio de Viena, de Austria-Hungría, y en muchos casos, de Europa.

La magistral, apasionante y abundante obra de éste workohólico de la gran barba, impactó a la humanidad como pocos en su historia y en gran medida se convirtió en el símbolo universal por excelencia de la psicología y de la intervención psicológica; dominando sus ideas psicoanalíticas a la práctica de la psicoterapia durante toda la segunda mitad del Siglo XX.

Sin embargo, muchas otras cosas pasaron en la psicología en ese mismo siglo; personas como Carl Rogers, Fritz Perls, B.F. Skinner, Aaron Beck, Albert Ellis y Albert Bandura entre centenares más, generaron teorías y acercamientos al ser humano distinguidas tanto por su impacto, como por sus diametrales diferencias con las ideas Freudianas… sin embargo, la sombra de Freud era larga y pesada.

Sin duda que la monumental obra Freudiana es de extraordinaria introspección y habilidad literaria, sin embargo, como cualquier otra persona, Freud fue un producto de su tiempo y su circunstancia; pero la sociedad (aunque sea sólo la Vienesa) que Freud describió, ya no existe. Y nos parece poco útil el utilizar solamente herramientas de 1900 para trabajar con las sociedades e individuos del Siglo XXI, que están tan alejados en su modus vivendi de la época de Freud, como un iPhone de un ábaco.

Lo mismo va para cualquier teoría propuesta antaño. La genialidad de nuestros grandes maestros de la psicología es indudable, pero ni siquiera ellos tenían la capacidad de ver cómo las sociedades serían tan distintas hoy de ayer, por lo que las ideas, las teorías y los modelos tienen que correr a la velocidad de su materia misma de estudio y de intervención: el ser humano y su sociedad.

Seguramente la TPI tal como la diseñamos hoy, tampoco tendrá gran utilidad dentro de 70 o 90 años, pero esperamos que al menos sea fuente de bienestar para algunos en el presente y de inspiración para algunos en el futuro.

Por eso decimos, “en paz descanse Dr. Freud” y gracias por todo.

México, año 76 D.F. (Después de Freud).


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